viernes, 4 de enero de 2008

Neblina

Descubrí lo que hace tiempo intuía. Estoy solo.
Lo que más amo se diluye en una neblina que avanza hacia mí. Es densa, no me deja ver y me duele en los ojos. El frío, en el cuerpo.
Estiro los brazos y no alcanzo nada. No toco a nadie. Grito pero las palabras se apagan en mi boca. Me arrodillo para estar más cerca del suelo (alguien me dijo que cuanto más abajo menos duelen los golpes. Me mintió) y tanteando el piso avanzo buscándola.
No hay nada ni nadie.
Toco un brazo. Me agarra la mano. ¿Mi vida? grito. Escucho un sí suave en fade out como el final de una canción. Carajo no ves que no veo, no me sueltes. Tarde.
Escucho risas y no se están riendo de mí. Se están divirtiendo. Es una fiesta. Me parece oír su voz. Quiero ir, pero el sonido rebota en la niebla y me desorienta y se pierde.
A lo lejos su silueta oscura me llama con el brazo en alto. Me arrastro hacia ella. Otras siluetas la corren a medida que me acerco. No parece importarle.
Suena el celular. Mierda, un mensaje de texto. Siento más frío. Acerco el celular a mis ojos para poder ver. “t amo. bso”, sí ya sé. Pero ¿por qué te fuiste? No puedo contestar, no veo las teclas. Tampoco quiero verlas.
La neblina me hace arder los ojos. No quiero cerrarlos, tengo que mantenerlos abiertos, tengo que ver. Cerrar es perder.
Con las yemas toco unos dedos que reconozco. ¿Es ella? No la alcanzo. Siento tensión en esos dedos que hacen fuerza por alcanzar mi mano. Un liquido viscoso hace difícil que nos agarremos. Nos resbalamos. Nos separamos otra vez.
Escucho un ladrido a lo lejos. Mi perra, pienso. Pero ella no ladra. Mi perra no ladra y mi gato no maúlla. No pueden ayudarme.
Las llagas de mis manos comenzaron a sangrar. Mis rodillas lo hacen desde hace rato.
Rozo una pierna. No la conozco. No se mueve. La piel esta tibia. Me acuesto a su lado, ahora necesito de su calor. Cuando me recupere la seguiré buscando.

Solo.

Solo espero que no este muerta.